jueves, 8 de septiembre de 2016

Se llama Noa




La madrugada del 27 de agosto a las 4 h 13 minutos viví una de esas experiencias que por mucho que te describan no alcanzas a comprender en su totalidad hasta que la vives en primera persona. 

La imagen de mi hija asomando la cabeza al mundo se quedará grabada a fuego en mi memoria. La fusión del potente llanto de la pequeña en su primera respiración con el gemido del último pujo de su madre es el “bonus track” de la banda sonora de la naturaleza. La fuerza del instinto de una mujer al dar a luz debería estar al mismo nivel que la gravitatoria, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte y formar parte de las fuerzas fundamentales del universo. Gracias Ruth por habernos permitido nacer de nuevo.

Qué lejos quedan las 39 semanas y 5 días de gestación cuando sostienes en tus brazos a unos ojazos pegados a un cuerpo tan pequeño. ¿Te puedes quedar mirando embobado durante minutos a un ser que no interactúa contigo nada más que para cagar, mear, llorar y practicar movimientos aleatorios? ¡Sí, se puede! ¡Claro que se puede!

Ella es Noa y con 11 días de vida ya tiene la mía a sus pies. 

Mi camino se ha llenado de encrucijadas que me llevan al tuyo para poder darte herramientas y cariño que te ayuden a lograr lo que te propongas. Espero que cuando sea un anciano y miremos esta entrada del Facebook me puedas decir algo así como: “Papá mira que eres caldoso, pero te quiero tanto…”

Por el momento yo voy a seguir asimilando con gusto el verdadero significado de las palabras “incondicional” y “para siempre”.
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