martes, 22 de mayo de 2012

Recordando lo que queda por vivir

Él tenía los ojos cansados, cubiertos por párpados arrugados sobre unas bolsas repletas de años de experiencias. Llevaba una camisa blanca de lino, arrugada, a juego.  

Miraba al frente, a lo lejos, hasta donde le dejaba su avanzada miopía. Pero mientras andaba contra la brisa, observaba todos sus recuerdos con una nitidez digna de un joven de dieciocho años. Veía aquellos años donde la alegría se transmitía en susurros porque bastaba así para escucharla entre un mar de gritos de tristeza. También aparecían los arañazos de las poderosas garras de la desidia, que no eran más que rasguños en el muro de su conciencia. Se acordó de cuando se empeñaba en coger la autopista del cielo pese a que sólo le dejaban tomar un camino de tierra. Acabó levantando una tremenda polvareda porque voló aunque fuera a ras de suelo.  

Los días que acababan antes de tiempo, los que interminablemente no acababan nunca y los que pasaron sin pena ni gloria, que eran los menos. Sus días se encontraban, en su mayoría, en los extremos de una regla que medía la pasión. Eran días de todo o nada y él siempre lo quería todo.  

El ceño se le frunció levemente a medida que caminaba por los pasajes más inciertos de su existencia. Aquellos tiempos malos que le toco vivir donde el orden estaba descolocado y la lógica de lo moralmente correcto era prisionera del dinero más sucio que existe, el dinero. Allí donde los que eran más parecían muchos menos, dormidos en colchones de promesas puntiagudas vendidas por faquires de corbata y traje negro. Tristes por no ver el sol detrás de unas nubes impuestas por hombres del tiempo demasiado poco halagüeños. Desencantados de la vida real viviendo encantados en un mundo irreal del que les costó escapar.  

Al ceño melancólico se le sumó una leve sonrisa mientras recordaba aquello que vino después. El despertar, la conciencia global, el egoísmo desterrado, las caras sonrientes, el miedo temeroso que huye, los besos que se dan y no sólo se reciben, las riendas en las manos y no como sogas al cuello, la rabia erradicada con inyecciones de cooperación, el rencor arrinconado, los adultos que dejan de ser niños dejando a los niños ser niños, las palabras en la nuca y los gatillos desvencijados…  

Un apretón de manos lo trajo de nuevo a tierra, su mirada cansada abandonó lo lejano y se centró en su lado. No paseaba sólo, lo hacía acompañado. Ella no llevaba lino blanco pero sí las mismas arrugas de los años. Bastó mirarla a los ojos para darse cuenta que todo había ya pasado. El ceño doblado desapareció al fin al darse cuenta que todo lo vivido sucedió a su lado. La sonrisa de ella contagió la suya y en silencio siguieron caminando.  

Hoy he soñado que soñaba que yo era él y tú eras ella. Un sueño dentro de un sueño por ser tú el sueño de mis sueños despertados. 
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