sábado, 25 de febrero de 2012

La juventud imbécil



No me lo acababa de creer, pero es una realidad. El ser humano es imbécil. Rematadamente imbécil. Ha conseguido ser proporcionalmente tan vanidoso por fuera como vacío por dentro y así, el optimismo que siempre he mostrado por mi especie se está diluyendo más rápido que una buena idea en el cerebro del homo ¿sapiens?

No salgo de mi asombro al comprobar la manera en que la historia se repite una y otra vez, siguiendo un guión casi calcado al anterior, en un proceso de autodestrucción que nos dirige a las cenizas de las que, espero, volvamos a resurgir algún día. Con lo fácil que sería no tener que llegar a tocar la llama para saber que el fuego quema.

Jóvenes valencianos (menores o no, me da exactamente igual), protestando por los recortes en educación que está llevando a cabo el actual gobierno. Cargas policiales desproporcionadas. Algún energúmeno entre los manifestantes quemando contenedores. Algún que otro Australopithecus afarensis entre la policía dando rienda suelta a su limitado coeficiente intelectual (inversamente proporcional al volumen de sus músculos). Prensa cavernícola tergiversando la realidad de los hechos en defensa de la actuación policial. Partidos políticos, con actitud no menos prehistórica, secuestrando el protagonismo de unas reivindicaciones que no son exclusivas (o no deberían serlo) de una marca comercial (perdón, política) en concreto. Resultado: Amago de revolución social fallida. Otra vez.

No aprendemos, nunca lo hacemos.

Para el que no lo sepa aún, o no se haya querido dar por aludido, o viva en su mundo de fantasía y color, o simplemente sea un maravilloso ejemplo de humanoide que la sociedad occidental de los últimos años ha moldeado hasta convertir en un espécimen de “no-me-interesa-la-política”; a todos ellos comentarles que de esta crisis no salimos pacíficamente si no nos ponemos serios y empezamos a utilizar la cabeza para algo más que para apoyarla en la almohada.

Antes que nada y para ser considerado, voy reconocer el enorme éxito que han tenido las élites de poder y los grupos de presión financieros para anestesiarnos completamente en un proceso de varios años (décadas incluso) que nos ha conducido a lo que somos hoy en día, marionetas. Si alguien se considera completamente libre, que no se engañe, no lo es. El truco era y es fácil de ver, pero el mago tiene una habilidad sobrenatural de desviar la atención del espectador hasta convencerle de una bonita realidad que no deja de ser la más cruda de las ilusiones.

Las generaciones pasadas no es que fueran más inteligentes que nosotros, es que, aunque pueda sonar paradójico, lo tenían fácil a la hora de luchar por algo porque no tenían nada. Hoy, curiosamente, lo tenemos todo y no luchamos por nada.

Antes, cuando las dificultades económicas eran el elemento prevalente, cuando lo que más le preocupaba a los jóvenes dentro de la lista de prioridades vitales era tener algo que llevarse a la boca o el mero hecho de ser libres para elegir quién les gobernaba, no es difícil entender que comenzaran a movilizarse y organizarse para intentar cambiar su realidad.

Hoy, cuando las dificultades económicas son algo nuevo e irrumpen casi como un brote epidémico, cuando lo que más nos preocupa son las características del móvil última generación que nos acabamos de comprar, que Belén Esteban mate una mosca en un plató de televisión, que el Madrid esté a 10 puntos del Barça, que la conexión a Internet sea la más rápida del vecindario, que podamos conseguir una entrada para el nuevo concierto de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat o que se haya descargado el último capítulo de nuestra serie favorita, moverse del sillón para reclamar por la futura pérdida de algo que todavía tienes se me antoja harto complicado para el joven anestesiado medio español.

Los medios de comunicación de masas, la televisión en particular, han sido las herramientas utilizadas para lograr el hechizo. La publicidad, las marcas, los famosos y las marcas, los famosos y la publicidad, el afán por conseguir lo que el famoso tiene, el deseo por acaparar lo último que se publicita, el sueño de conseguir lo que otros no tienen antes que lo tengan, la necesidad de conseguirlo, la necesidad de vivir con ello, la jodida y maldita necesidad. Exhibición-deseo-necesidad. Fácil, sencillo y efectivo. Anestesia pura. Droga dura diría yo.

Súmale a todo eso lo valioso de la libertad de expresión, la “democracia” y los derechos laborales, educativos y sanitarios adquiridos (conquistados por nuestros padres) y tenemos el mejor cóctel de atontamiento posible. El no va más.

Ahora intenta tú movilizar a algún joven a ir a una manifestación para evitar la futura pérdida de esos derechos cuando todavía sigue disfrutando de los mismos (algunos ya recortados) y vive atrapado en la red de consumo tan bien tejida desde hace tiempo. ¡Venga va! ¡Estamos locos! Un poquito de vandalismo por parte de algún gilipollas y ya se ha descolgado un nutrido grupo de personas contrarias al uso de la violencia. Otro poquito de manipulación mediática para presentar a los jóvenes como antisistemas y perroflautas para evitar que se una gente con prejuicios sociales y finalmente otro poco de polarización política e ideológica en las protestas y ya está. Nada. Absolutamente nada.

Mientras tanto, en alguna mansión de lujo o en un despacho con asiento de cuero, delante de un ordenador, ese mago en forma de especulador financiero compra deuda calificada como “bono basura” con una prima de riesgo elevadísima a un país europeo de cuyo nombre no quiero acordarme. Con lo que ese país deberá devolver ese dinero colocado a un interés altísimo, aumentando su deuda en un ciclo sin fin. Asfixiando la capacidad pública de maniobrar ante la crisis y provocando de manera cruel que la población de ese país viva con la soga al cuello. Todo con un clic desde un dedo sin escrúpulos. Descojonado tiene que estar el sujeto viendo como nos tragamos, una tras otra, todas las medidas de ajuste realizadas tanto por gobiernos del PSOE como ahora del PP.

Aquí, por nuestra parte, seguimos orgullosos de ser el país que cuenta con 5 200 000 parados “oficiales” (22% de paro), consintiendo que nos exploten en “negro” por sueldos de risa, evitando que las arcas públicas se recuperen e imposibilitando tener una pensión digna en el futuro. Imperturbables ante un cambio constitucional que se tramitó en unos pocos días cuando nos han vendido la carta magna como algo intocable. Impasibles ante los miles de afectados por los desahucios. Ignorantes ante la manipulación de los medios de comunicación. Crédulos ante las promesas electorales de los dos partidos que se turnan en el poder. Ajenos a la intensa corrupción política imperante. Indiferentes ante el rumbo de los acontecimientos sociales, económicos y políticos que nos rodean. Pasivos ante la que se nos viene encima.

Eso sí, indignados con los guiñoles franceses. ¡Qué se han creído!

Sigamos discutiendo si eres de derechas o de izquierdas, si llevas rastas o polos de marca, si te afeitas o llevas la raya en medio, si eres creyente, ateo o agnóstico, tu condición sexual o el color de tu piel. Sigamos perdiendo el tiempo hasta el infinito, fríos pese al calor que reclama la calle, perdiendo la oportunidad única que tenemos de convertirnos en rebeldes con causa.

Como dicen en “Game of Thrones”: “winter is coming…”

Y aquí seguimos nosotros, sin encontrar la cerilla que prenda la llama que finalmente nos caliente a todos.
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