lunes, 13 de junio de 2011

Extraordinaria

Ando escuchando de nuevo esa canción que había olvidado en el rincón de los momentos irrepetibles y me ha sonado como nueva, irreconocible, pero envolviendo, eso sí, un contexto mucho más apasionante.

Como cuando te relames los labios tras comerte un helado o dejas caer un último chorro de agua fría en la ducha, despertar y verte a mi lado es más vibrante que el propio helado o la propia ducha. Mucho más emocionante que el haber dormido abrazado a ti. Es la certeza de que sigues a mi lado pese a que el sueño ya ha pasado o es soñar que estás a mi lado y es todo cierto.

Las cosas no me huelen igual, me huelen más y me huelen a ti. Si es una comida, es la que comimos juntos hace poco o es la que me comí solo porque estabas lejos. Si es el teléfono sonando eres tú al otro lado aunque luego no lo seas. Si es la primera nota de un piano es nuestra canción. Si me pongo una camisa, eres tú quien me la quita. Si me tapo con la sábana me cubres con tus brazos. No importa que hayas llegado tarde, ya deseo esperarte tarde otro día más.

Sonreír sin motivo aparente es algo común ahora que las apariencias olvidaron esconder los sentimientos. No hay mayor felicidad que comprobar como el miedo a ser feliz está aterrorizado por tu propia felicidad. Algo así como Stephen King escribiendo “La terrible felicidad del miedo”. Algo tan sencillo como vivir a tu lado y darte cuenta de lo complejo que era el antes de haberlo hecho. Tan lejano parece como cercano es y, sin embargo, sigo sin entender cómo no me había encantado antes con esa sutil manera tuya de ser simplemente la mejor.

Lo más extraordinario de haberte conocido no es lo bueno que me das cuando estoy a tu lado es lo que no me das cuando no lo estás, por haber impregnado todo de todo lo que eres.

Gracias, por existir.


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