martes, 8 de febrero de 2011

Recurrencia

Una densa capa de polvo sobre el lado opuesto de su corazón, decía que no a todo lo anterior y negaba cualquier posibilidad para algo posterior. Cerrado, por motivos personales, por desahucio de una dueña maltratada de caricias vacías, llenas de llanto. Abierto, para el olvido de lunas llenas y vacías de abrazos.

Una copa estrellada, un cristal roto de testigo, una mancha de vino rojo, un dolor que gritaba más alto que el ruido del golpe contra el suelo, callaba más que el más frío de los silencios y quemaba el espíritu como lo hacía el último trago del gran reserva al pasar por su garganta, antes de que lanzara la copa contra el suelo.

No quiso mirarlo a los ojos, lo miró directamente al alma. No quería censurarlo, quería no haberlo conocido jamás, para no tener que olvidarlo ahora por siempre. No estaba triste, estaba exhausta de excusas, harta de sus verdades increíbles y repleta del cansancio que acompaña a las que tropiezan con la misma piedra para recorrer de nuevo el mismo camino y volverse a tropezar. Kilómetros de andadura sobre caminos memorizados, experiencias calcadas sobre varios calcos. Señales luminosas ignoradas que dirigen hacia el precipicio, donde se lanzaba ella sin paracaídas, por creer saber volar sin tan siquiera saber correr en la dirección contraria.

Abrió la puerta sin hablar por su boca y diciendo todo con su portazo. Salió llorando sin lágrimas, por orgullo o quizá porque no le quedaban más, pero salió. En la habitación quedó su perfume mezclado con el aroma a vino derramado, un par de velas encendidas, dos platos a medio terminar y un imbécil con la más patética de las caras desencajadas. Un móvil en la mesa con la pantalla todavía iluminada. Un mensaje de texto sin terminar de leer. El más cruel de los descuidos en forma de un “te espero cuando la dejes en su casa…”

Lo peor no era la decisión con la que se levantó de la mesa, ni la rabia en su gesto, ni lo poco que dejaba a la imaginación con su respiración entrecortada al dirigirse a la puerta.

Lo peor no era el adiós para siempre. Lo peor, sin duda, es que ella sabía que no era para siempre, era hasta mañana. votar

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