domingo, 27 de febrero de 2011

Hallados

El otro día, andando por un parque sin rumbo fijo, me encontré un libro abandonado en un banco de madera, lo cogí intrigado y lo abrí por una hoja al azar. Nada más empezar a leer me di cuenta de que conocía toda la historia hasta ese punto narrada. Era completamente sabedor de algo que ni siquiera había leído o escuchado, al menos no conscientemente. Quizá me hubiera gustado inventarlo a mí y por eso me resultaba tan cercano. De pronto comprobaba que alguien ya lo había plasmado sobre el papel como si hubiera habitado en mi cabeza mucho antes si quiera que mi mente imaginara tales acontecimientos.

Sosteniéndolo en las manos, el libro me trajo mil recuerdos del pasado, me rellenó de melancolía y me dibujó una sonrisa boba en los labios. A su vez me hizo recordar muchos viejos fantasmas y otras tantas personas de carne y hueso y, como no, también me trajo fantasmas de carne y hueso de los que nunca logran escapar de tu mente.

La tapa que lo protegía era dura, pero ligera. El tacto se asemejaba al de una sábana de lino. Tenía la extraña sensación de empezar una historia que en realidad ya había empezado hace tiempo.

“…la encontré sin haberla buscado, me buscó ella con la mirada y al fin nos hallamos.”

Paré de leer, cerré el libro de golpe y lo puse bajo el brazo. Me dirigí hacia la parada de metro más cercana. Sabía dónde y cuándo localizar mi meta, sin entender todavía por qué la perseguía. Llegué justo para sacar el bono de la cartera, pasarlo por el lector y agarrarme a una de las barras metálicas del vagón de cola tras correr con el pitido de cierre de puertas metiéndome prisa.

El trayecto me permitió rememorar cada detalle del libro: sus innumerables personajes, las situaciones más estrambóticas, las más intensas pasiones, las historias de amor y desamor de los protagonistas. La pérdida y el reencuentro. La eterna bondad de ella, su dulzura y su cariño, su inteligencia e inquietudes, su risa y sus abrazos, su camaleónica manera de atraer. El optimismo puro de él, el ostracismo vivido en los últimos tiempos, el autorretrato pintado con pincel fino de facciones marcadas por el largo y a veces tedioso camino recorrido.

En la estación de destino, el ruido del metro se perdía en la lejanía a medida que subía las escaleras mecánicas en dirección a la superficie. Era curioso observar las expresiones de los rostros de la gente que bajaba en dirección contraria a la mía. Ellos ansiaban empezar su viaje, yo lo había dejado atrás. En sus ojos se vislumbraba el brillo de la impaciencia, en los míos el reflejo aséptico del que ya no espera nada más, porque la espera había acabado.

Con la prisa en los tobillos comencé a correr sobre las escaleras con el objetivo de arañar unos segundos más al reloj y llegar a la desconocida cita unos segundos antes. Aún a sabiendas de que mis quince minutos de retraso  -y de rigor- ya no me los iba a quitar nadie, maldije para mis adentros al encontrarme con la típica persona que se pone en el lado izquierdo de la escalera y te impide el paso. Adiós a mis míseros cinco segundos de ahorro.

En el exterior, la temperatura había aumentado considerablemente. Me sobraba  la chaqueta pero no lo suficiente para ganarle la partida a lo incómodo de llevarla bajo el brazo. Así que opté por ir por la sombra y recorrer a buen ritmo los escasos cien metros que faltaban para llegar al cruce donde debía pararme.

Cuando el devenir no deviene como esperas aguardas la llegada de un futuro vacío de esperas. Porque no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor por el mero hecho de ser pasado, entendí entonces que las oportunidades que se presentaron una vez no vuelven con la misma forma, pero llegan otras con el mismo fondo y en su profundidad está lo valioso. Miré mi reflejo en los cristales de las tiendas al pasar y no me vi a mí sino a alguien mejor que yo. Vi el reflejo de alguien que estaba a punto de conocerse como nunca por conocer a alguien como nunca antes había conocido.

Estaba de pie, leyendo un libro de tapa dura sospechosamente familiar, llevaba un colgante de cuentas marrones y negras y una maleta enorme cargada de sueños. Tantos como los que llevaba yo escondidos en mis manos. Sueños que deseaban salir de su obligada prisión de días donde se estrellaban sin noches estrelladas. Temblé al sacar el alma a tomar el aire después de tanto tiempo. Me acerqué y sonreí al comprobar que la conocía. La encontré sin haberla buscado, me buscó ella con la mirada y al fin nos hallamos. votar

martes, 8 de febrero de 2011

Recurrencia

Una densa capa de polvo sobre el lado opuesto de su corazón, decía que no a todo lo anterior y negaba cualquier posibilidad para algo posterior. Cerrado, por motivos personales, por desahucio de una dueña maltratada de caricias vacías, llenas de llanto. Abierto, para el olvido de lunas llenas y vacías de abrazos.

Una copa estrellada, un cristal roto de testigo, una mancha de vino rojo, un dolor que gritaba más alto que el ruido del golpe contra el suelo, callaba más que el más frío de los silencios y quemaba el espíritu como lo hacía el último trago del gran reserva al pasar por su garganta, antes de que lanzara la copa contra el suelo.

No quiso mirarlo a los ojos, lo miró directamente al alma. No quería censurarlo, quería no haberlo conocido jamás, para no tener que olvidarlo ahora por siempre. No estaba triste, estaba exhausta de excusas, harta de sus verdades increíbles y repleta del cansancio que acompaña a las que tropiezan con la misma piedra para recorrer de nuevo el mismo camino y volverse a tropezar. Kilómetros de andadura sobre caminos memorizados, experiencias calcadas sobre varios calcos. Señales luminosas ignoradas que dirigen hacia el precipicio, donde se lanzaba ella sin paracaídas, por creer saber volar sin tan siquiera saber correr en la dirección contraria.

Abrió la puerta sin hablar por su boca y diciendo todo con su portazo. Salió llorando sin lágrimas, por orgullo o quizá porque no le quedaban más, pero salió. En la habitación quedó su perfume mezclado con el aroma a vino derramado, un par de velas encendidas, dos platos a medio terminar y un imbécil con la más patética de las caras desencajadas. Un móvil en la mesa con la pantalla todavía iluminada. Un mensaje de texto sin terminar de leer. El más cruel de los descuidos en forma de un “te espero cuando la dejes en su casa…”

Lo peor no era la decisión con la que se levantó de la mesa, ni la rabia en su gesto, ni lo poco que dejaba a la imaginación con su respiración entrecortada al dirigirse a la puerta.

Lo peor no era el adiós para siempre. Lo peor, sin duda, es que ella sabía que no era para siempre, era hasta mañana. votar