domingo, 10 de octubre de 2010

El nexo que recuerda mi olvido

Detrás de la espesa niebla se empezaba a vislumbrar la silueta de Carmen. Vestía  una cazadora granate con tres grandes botones negros, una falda larga que cubría sus rodillas y zapatos de tacón. De la mano iba cogida mi pequeña Violeta, con dos trenzas colgando delante de sus hombros y  sus dientes de leche sobresaliendo de esa contagiosa sonrisa que llevaba a todas partes. 

Aceleré el paso. Al llegar a su altura lancé el maletín al suelo y las abracé con todas mis fuerzas.  Estábamos en un andén de la Estación del Norte y dejaba atrás tres largos meses de estancia en Madrid impartiendo un seminario sobre inmunología en el Hospital Gregorio Marañón. Tenía tantas ganas de volver a verlas y llegar a casa que casi olvido recoger el maletín. A Carmen le saltaron un par de lágrimas, algo tan complicado de ver en ella que me provocó un ataque de risa mientras se las secaba. 

–Ya estamos los tres juntos pequeña –le dije mientras me contestaba con otro fuerte achuchón. 

Al empujar el portón de salida de la estación aparecimos en el estudio de casa. Violeta estaba sentada a mi izquierda y fruncía el ceño mientras pensaba cómo resolver el problema número tres de su cuadernillo de matemáticas. 

–Papá, cinco por siete eran treinta y cinco, ¿no? –me preguntó tras unos segundos de duda. 

–Muy bien “pulga” –le contesté dándole un beso en la mejilla. Al otro lado de la habitación, sorprendí a Carmen mirándonos abstraída en un gesto de felicidad, sujetaba con la mano un libro que hacía rato había dejado de lado. 

–Nos esperas aquí un momento – le dije–. Voy a dar un paseo con la “peque”­ –Ella asintió con la cabeza y sin dejar de sonreír volvió a su lectura. 

Cogí a Violeta en brazos y abrí el ventanal.  Trepé al alféizar y de un salto salimos volando rápidamente de allí. Sobrevolamos primero el parque de Viveros y el antiguo cauce del río Turia. Violeta no paraba de preguntar por todo lo que veía. Era curiosa. Desde que nació no tuve dudas que conseguiría lo que se propusiera en la vida. 

–Sabes una cosa “pulga”, llegará el día en que serás tan sabia que seré yo quien no pare de preguntarte cosas –sus ojos reflejaban el orgullo que sentía por ella. La quería tanto… 

–Eso no puede será Papá, ¡tú lo sabes todo! –descendí suavemente y aterrizamos sobre el empedrado de una gran plaza. 

–En realidad sólo recuerdo lo que amo con todas mis fuerzas y es ese amor el que hace que el recuerdo se transforme en conocimiento.  “Pulga” nunca ames a medias y serás sabia. Te conozco tanto.– Me miró con cara de incomprensión, acto seguido me dio la mano y me guió hacia el centro de la plaza. 

–Papá, me voy a jugar al columpio, ¿puedo?

–Claro que sí, preciosa, ¡corre! 

Una fuerte ráfaga de viento arrastró un trozo de papel  hacia mí que se quedó enganchado en un camal de mi pantalón. Me agaché y leí lo que ponía. “Mira detrás de ti”. Me  di la vuelta lleno de curiosidad y vi a lo lejos una chica joven, de unos veinte años, sentada en un banco de madera. Estaba sola y leía un pequeño libro de bolsillo. Me acerqué con sigilo bordeando el seto que cercaba un jardín de rosas rojas con una gran fuente de cuatro chorros en medio. Ella alzó la vista y retiró el flequillo que cubría su ojo izquierdo.  Era la cara más bonita que había visto nunca.  

Sin dudarlo un instante entré en el jardín de un salto y corté con cuidado la que me pareció ser la rosa más grande y de color más vivo. Quite las escasas espinas que tenía en el tallo y abrí de nuevo el papel con la misteriosa indicación. Recorté una esquina y saqué el lápiz que llevaba siempre en el bolsillo. “No sé quién eres pero sé que no me arrepentiré jamás si consigo conocerte”, escribí, esforzándome en disimular mi pésima letra.  Doblé el papel  y la busqué con la mirada. Ella se levantó y dejó el libro abierto en el banco. Se dirigió hacia la fuente que estaba a escasos metros y encontré la ocasión perfecta. Corrí hacia el banco y sin que ella se diera cuenta deje que la rosa actuara de separador mientras sujetaba a su vez la nota que había escrito. Aproveché que se acercaba a la fuente, ajena a mis movimientos,  para leer el título del libro. “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Neruda.  Al pasar la primera página vi escrita una dedicatoria: 

“Carmen, disfruta de estos versos que tanto me ayudaron a conquistar  a tu madre.
Tu padre.” 

¡Ya sabía cómo se llamaba! Todo un logro. Volví a dejar el libro abierto por la rosa en el poema número 15: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente,…” No me dio tiempo a leer más. Ella se estaba girando en ese preciso instante. Me senté en la otra esquina del banco y comencé a disimular toqueteando mi reloj. 

–Buenos días –dijo Carmen sin importarle aparentemente mi presencia. 

–Buenos días, señorita –contesté impaciente por conocer su reacción al ver la rosa. Ella se detuvo al ver el libro con la flor y el papel arrugado y sus mejillas comenzaron a sonrosarse.  Cogió la rosa y la nota y dejó el libro a un lado. Al leerla, una sonrisa sincera se dibujó en su cara. Me miró y empecé a conocerla… 

–¡Pulga, pulga! –grité de repente sin saber por qué. Me encontraba tumbado en una cama. ¿En mi cama? La habitación me resultaba familiar pero no estaba seguro si era la mía. Enfrente había una estantería repleta de libros y portarretratos. A mí derecha en una vieja mesita de noche y delante de una sencilla lámpara vi la foto de dos bellas mujeres. Me incorporé y me quedé sentado en el borde. Al levantar la vista me reconocí en el espejo. Mi cara estaba arrugada y mi escaso pelo era cano. Estaba sonriendo, me encontraba extrañamente feliz. La puerta se abrió de repente y apareció una preciosa mujer que sostenía una libreta de gusanillo. 

–¡Buenos días Papá! ¿Me has llamado “pulga”? 

–Buenos días –contesté educadamente a esa extraña que me llamaba Papá. 

–¿Sabes cuánto tiempo hacía que no me llamabas “pulga”? –dijo la extraña, emocionada en una mezcla de llanto y sonrisa. Se me acercó y se sentó a mi lado dándome un beso en la mejilla. 

–Papá, ¡cuántas ganas tenía de verte! Mamá está en la cocina con tus nietos, no se va a creer que me hayas llamado “pulga”. 

No entendía nada de lo que me estaba diciendo aquella joven. Me quedé mirándola fijamente con la sonrisa que llevaba desde que me había levantado. Me pasó el brazo por el hombro y abrió la libreta que había traído consigo. En la primera página había pegada una foto donde aparecía un hombre que se parecía sorprendentemente a mí, pero mucho más joven. Sujetaba en brazos a una niña con coletas y cogía de la cintura a una hermosa mujer de pelo negro rizado. La joven comenzó a pasar las hojas y en todas ellas aparecía ese hombre con distintas personas y en distintas situaciones. 

La puerta se volvió a abrir y entró una mujer mayor con un carrito que sostenía una bandeja de desayuno. Lo acercó a la cama y se sentó a mí otro lado. La mujer mayor miró a la joven con tristeza y me cogió la mano. Miré directamente a sus ojos y ella me respondió con un cálido beso en la boca. No aparte la cara. No comprendía que hacía esa mujer dándome un beso, pero no aparte la cara. 

–“Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” –dijo con un precioso susurro. Sin saber el porqué cogí la mano de la joven y la junte con la de la mujer mayor. Puse mi mano encima de ambas y dije:

–…y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Por Pablo Neruda…

Las dos mujeres se miraron sorprendidas y rompieron a llorar. Yo, sin embargo, me encontraba exultante de felicidad. 

–¡Papá, te acuerdas…! –murmuró la joven. 

La mujer mayor me volvió a mirar fijamente. –Ya no sabes quién soy pero no me arrepentiré jamás de que hayas querido conocerme. 

Comencé entonces a llorar, apreté con fuerza sus manos y con voz quebrada les dije: 

–No sé si os conozco, lo único que sé es que os amo… 

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Nota: siempre he pensado que las personas que  sufren alzhéimer y otros tipos de demencia por las cuales pierden paulatinamente su autonomía y memoria, viven en una realidad no tan lejana a la nuestra. Mi fantasía consiste en pensar  que sus recuerdos se encuentran  en sus sueños de donde no pueden escapar. Su realidad se transforma entonces en un sueño y en el sueño viven su realidad. 

Me gustaba imaginar que cuando mi abuela no me reconocía y se mostraba extrañada al verme era simplemente porque estaba despierta. 

Luego, por las noches, me encontraba con ella en sus sueños…
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