miércoles, 6 de octubre de 2010

Efecto mariposa

-Cariño, ¿te queda mucho?- gritó Darío desde la cama, tapado bajo la sábana y arañando 5 minutos a lo inevitable de despertarse por las mañanas. Le dolía tanto levantarse que más de una vez se planteaba no dormir para no tener que hacerlo.

-Ya estoy, pasa tú. ¿Has preparado el desayuno, dormilón?- Le contestó Susana mientras tiritaba en su albornoz.

Darío, dio entonces un salto y salió corriendo hacia la cocina. Sin darse cuenta, los 5 minutos se habían convertido en 15 y, o se daba prisa o ella saldría de casa sin desayunar. No le apetecía volver a ver la cara de pena de Susana al dejarla sin sus tostadas matutinas. La mirada del gato de Shrek es de simple aficionado en comparación.

Cogió dos tazones, los llenó de leche con la mano izquierda mientras vertía el café que había sobrado de ayer con la derecha. Después, 1 minuto en el microondas, justo el tiempo necesario para untar de mermelada las tostadas integrales. En su taza añadió copos de maíz azucarados, costumbre que no había cambiado desde los 6 años y de eso hacía ya 23.

Susana salió de la habitación con la llamada del olor de café golpeando su nariz y él aprovechó para darse una ducha rápida. Hoy se cumplían 3 meses desde que estaba en paro y su jornada laboral, que empezaba a la misma hora que la de Susana, consistía en recorrer Internet “en busca del trabajo perdido”, repartir curriculums a diestro y siniestro por las mañanas, hacer la compra y la comida a partir de las 12 y darle duro a la casa por la tarde.

Susana se encasquetó sus vaqueros desgastados y la camiseta azul marino que conjuntaba a la perfección, por lo de desgastada, y corrió disparada hacia la puerta. Hoy llegaría tarde, la segunda vez esta semana.

Darío salía del cuarto de baño en el mismo instante en que Susana giraba el pomo de la puerta. De repente sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. –¡Susana espera!- dijo con tono de preocupación,-se te olvida algo-. Extrañado por sus propias palabras y confundido por lo extraordinariamente rápido que le latía el corazón observó angustiado el reloj Casio de su muñeca. Marcaba las 8:46:27.

-A ver, ¿qué se me ha olvidado?- Masculló ella lanzándole una mirada que mezclaba nerviosismo e incomprensión.

Él se acerco lentamente, tardó 6 segundos en recorrer los escasos 3 pasos que los separaban. Sin mediar otra acción la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído- abrazarme…-. Susana pasó del más gélido estado al calor más fundente. Él rompió a llorar y a cada respiración entrecortada aumentaba la intensidad de su abrazo. Susana mimetizó con él y permanecieron así durante exactamente 42 segundos que parecieron eternos. Darío, aún estremecido se separó lentamente de ella cogiéndola de los brazos. La miró con una inusitada alegría y susurró. –gracias-. Ella se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y comenzó a reír a carcajadas entrecortadas. –gracias a ti-. No le preguntó nada acerca de la situación. Simplemente se giró, acabó de dar la vuelta al pomo y cerró suavemente al salir rumbo al ascensor. Los dos se sentían extrañamente felices, los dos habían llorado y reído tan intensamente en tan poco tiempo que la sensación era sumamente placentera. Ninguno entendía el porqué y todo hacía pensar que no hacía falta preguntárselo. Eran las 8:47:15.

Manolo cubría la línea 12 esa mañana. Solía quejarse cuando le tocaba esa ruta por lo estrecho de las calles que recorría. “Retrovisorman” le apodaban sus compañeros, llevaba 4 destrozados en un año. No obstante, las calles por las que discurría el recorrido pertenecían a barrios “de dinero” y eso le daba cierta tranquilidad. Además siempre coincidía con dos viajeras que le alegraban el día (y la vista) y le daban conversación. Carmen, una mujer divorciada que estaba viviendo una segunda juventud y Susana una hermosa diseñadora gráfica que trabajaba cerca de la penúltima parada, lo recordaba porque era la única que bajaba allí. Carmen le había comentado que se iba una quincena a Punta Cana con unas amigas de su infancia así que no le extrañó no llevarla a bordo, pero curiosamente, Susana no se encontraba apoyada en la marquesina de la calle “Juan Raimundo” cuando pasó por allí instantes antes, a las 8:47:15 –Hoy debe ser mi día de mala suerte, espero que no me cargue otro más- pensó entristecido.

Un bostezo perpetuo acompañaba al director de la sucursal número 643 del banco “Rurbank” mientras abría las puertas acompañado del vigilante de seguridad y dos empleados. Hoy se había retrasado por culpa de un dichoso atasco y no sabía si le daría tiempo a revisar el correo antes de cerrar una hipoteca pactada con un cliente puntual. Estaba nervioso pero lo disimulaba muy bien. Mientras se llevaba de nuevo la mano a la boca para apaciguar su sueño oyó un ruido seco justo a sus espaldas. Al darse la vuelta se encontró con el cañón de un revólver del calibre 38 apuntando a su entrecejo. Las llaves se le cayeron al suelo y notó cómo la visión se le nublaba. En el suelo se encontraba el vigilante de seguridad con un pequeño charco de sangre rodeando su cabeza. A su izquierda y arrodillados se encontraban los dos empleados, uno de ellos mostraba un gran cerco de humedad en su entrepierna. Ambos vigilados con otro revólver de idénticas características empuñado por otro corpulento encapuchado.

-Haga lo que yo le diga y nadie resultará herido, no se preocupe por el vigilante, es un leve golpe en la cabeza- La seguridad de esas palabras provocaron más temor en el director que rápidamente asintió con la cabeza. –Sé que tenemos 15 minutos hasta que se abra la caja fuerte, soy paciente, pero no me haga perder ni un segundo más-. Acto seguido, el que parecía ser el “cerebro” de los dos ladrones acompañó al director hasta la caja sin dejar de apuntar a su nuca. Esperaron pacientemente ajenos a los sollozos que provenían de los rehenes de la entrada.

Con absoluta tranquilidad el encapuchado llenó una mochila de deporte con fardos de billetes nuevos y obligó al director arrodillarse de espaldas a él. Cuando se esperaba lo peor, notó cómo le ataba las muñecas a la espalda y a su vez a una columna con una fina soga blanca. El atracador se dirigió sin prisas a la entrada donde su compañero había hecho lo mismo con los dos empleados. Sin quitarse las capuchas abrieron la puerta del banco y se dirigieron disimuladamente hacia un coche blanco de gran cilindrada que les esperaba a unos 15 metros de distancia. Justo detrás del coche se detenía un autobús para recoger a dos ancianas que conversaban animadamente pese al frío que hacía. En el preciso instante en el que las puertas del autobús se abrían, se oyó un grito firme desde la puerta del banco. Los encapuchados no habían dado la primera zancada cuando se escuchó el estruendo del primer disparo. Con el segundo apenas habían recorrido 2 metros, el tercero alcanzó a uno de ellos en su brazo izquierdo pero no le impidió seguir corriendo hasta alcanzar el coche donde esperaba, con el motor revolucionado, el tercer cómplice. Las ruedas chirriando sobre el asfalto dieron paso a un tenso silencio.

Las ancianas se encontraban temblando parapetadas tras la puerta del autobús. Los escasos pasajeros permanecían agachados debajo de sus asientos. El vigilante maldecía su mala puntería. Los empleados y el director observaban la escena en estado de shock. Manolo, salió del habitáculo del conductor. –¡Está todo el mundo bien!- gritó alarmado. Recorrió todo el autobús y comprobó que nadie había resultado herido.

De repente se paró a la altura de la mitad del vehículo y miró con estupor cómo dos impactos de bala habían perforado el grueso cristal de la puerta de salida. Un escalofrío recorrió su espalda y lo dejó petrificado. El mismo escalofrío que había sentido Darío minutos antes…
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