sábado, 18 de septiembre de 2010

Error de serie

Como una ley no escrita que no dejas de leer en los ojos de la gente, te topas con esa curiosa manía humana de abrazar aquello que se encuentra en cualquier parte entre lo contrario y lo muy contrario a su verdadero parecer. Ese es un error que muchos traen de serie.

Somos proclives a ensalzar una idea hasta hacerla ideal mientras avanzamos, como los cangrejos, en sentido contrario a su consecución. Nos manejamos bien en el terreno de la palabra quejicosa pero pecamos de aduladores al enfrentarnos directamente con aquello que produce la queja. Nos quejamos, sí, pero no actuamos en consecuencia y en multitud de ocasiones lo hacemos en secuencia contraria. Somos, efectiva y asiduamente contradictorios.

Es un error calculado y medido que funciona como si no fuera tal, pues surge como un extraño mecanismo de consultoría que ponemos en práctica para ayudar al prójimo a ver una realidad que está siempre ahí y que nunca convertimos en nuestra. Así, ocurre que desempeñamos el papel de grandes consejeros cuando ese amigo nos cuenta su problema. Sabemos qué decir y cómo hacerlo. Pero, cuando toca aplicárselo a uno mismo somos unos completos ignorantes y lo peor de todo es que aún reconociéndolo, no conocemos la clave para poder manejarlo.

Si nos gusta el azul, acabamos con el rojo. Si lo quieres dulce, lo pones en salmuera. Si te gustan las verdades te mueres porque te sigan mintiendo. Si buscas la felicidad, persigues a tus demonios. Luego frunces el ceño y te preguntas porque te gusta tanto el lado oscuro de tus pensamientos. Lo que odias de verdad es lo que de verdad consigues.

Vivimos en un continuo deseo de tener lo que no tenemos y cuando lo tenemos el deseo se vuelve tan débil que te agotas en él. No se puede ser tan depredador de utopías si las devoras sin saborearlas una vez conseguidas. Sucede que las engulles al darte cuenta, al instante, que no tienen nada que ver con lo que realmente deseabas.

La línea que separa la realidad consciente que vives de la idea que vas formando de ella tiene muy pocos fotogramas de separación. Tu director tiene escrito un papel muy bien definido, que encaja a la perfección con tu idiosincrasia. Él no espera un Premio de la Academia, ni Osos ni Palmas de Oro, porque no espera que actúes sino que seas. Pero aún así te empeñas en hacerlo mejor que Paul Newman o Katherine Hepburn como protagonista de historias que no están escritas para ti. Actúas tan bien que te lo acabas creyendo. Entonces, distinguir lo ideal de lo idealmente creado en tu mente es tan imposible como vivir en tu verdad cuando esa verdad es una gran mentira.

Como dicta el magnetismo confundido, seguimos atraídos por el polo opuesto y pese a quejarnos de esa fuerza misteriosa que te atrapa nos empeñamos en cargar del hierro más oxidado el corazón.

Cambiar la naturaleza de las energías y aplicarlas en tu beneficio pasa por un simple ejercicio de cordura: dejar de claudicar ante lo absurdo de perseguir lo que no te gusta para intentar cambiarlo y no conseguirlo. Mentir al mejor mentiroso de todos, que no es otro que tú mintiéndote a ti mismo, es el origen de tu perenne jaqueca. Trágate de golpe el analgésico de rodearte de lo que te apasiona y deseas y serás libre para seguir disfrutando con ello. Persigue lo que quiere ser presa y cazador tuyo y devoraos juntos.

Si eres positivo encuentra tu polo positivo. Si eres negativo lucha, primero, por cambiar tu polaridad.
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