jueves, 2 de septiembre de 2010

Adiós

Carlos salió de su casa dando un portazo. Minutos antes se había armado de valor y decidió acabar con esta historia de una vez por todas. La cita era donde siempre y ella estaría allí, esperándole, como siempre.

Con las manos sostenía una caja de cartón donde había metido las últimas cosas de ella que quedaban en casa: su cepillo de dientes rojo, el libro “Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo” y su camisón, que todavía olía a ella y olía tan bien…

Mientras bajaba por el ascensor, repasó mentalmente cómo se lo iba a decir. No sabía si hablarle improvisadamente o si directamente le leería la carta de despedida que tanto tiempo llevaba cogiendo polvo en un cajón y ahora, por fin, llevaba en un bolsillo de sus viejos vaqueros.

Ya en el coche, encendió la radio en vez del CD recopilatorio que le había preparado ella como regalo las últimas navidades. Estaba rayado, desgastado de tanto oírlo. No quería oírlo más.

Unas obras de alcantarillado forzaron a Carlos a desviarse por la calle paralela donde un oportuno semáforo en rojo lo obligó a detenerse justo al lado del café “Palabras”. Corría el final del verano del 2002 cuando Candela, así se llamaba ella, le propuso ir “a tomar algo” a aquel tranquilo lugar tras el primer día de clase en la universidad. Música de los 80 y tres enormes estanterías de buenos libros te invitaban a degustar durante horas un cappuccino digno de Trieste.

En este café fue donde Carlos le cogió la mano por primera vez. En realidad todo comenzó con un leve roce al pasarle el azucarillo, lo que desencadenó un torrente de sensaciones no descriptibles que le aconsejaron coger esa mano y no soltarla jamás. Candela estallaba en carcajadas cada vez que Carlos le aseguraba que se había enamorado de ella por el roce de su piel.

Nunca olvidaría lo que decía aquel azucarillo: “conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar” (W. Shakespeare). Ni tampoco la canción que sonaba de fondo en aquel preciso instante, “Just like heaven” de The Cure. Curiosamente, de la radio del coche comenzaron a sonar las primeras notas de esa canción y Carlos quedó atontado unos segundos hasta que el estruendo de un claxon avisó del color verde del semáforo. Carlos apagó la radio al instante.

El trayecto hasta el punto de encuentro estaba automatizado en su mente de tantas veces que lo había hecho. Ésta sería la última vez que lo recorrería. Aparcó cerca de la entrada, como si ansiara tener una escapatoria rápida. No tenía miedo por lo que pudiera pasar después, tenía pavor. Pero era algo que debía hacer y tenía que hacerlo ya.

Estaba a punto de vivir el segundo momento más doloroso de su vida y curiosamente ella era la constante en los dos. Candela le solía susurrar al oído que el siempre sería su constante, pasara lo que pasara. Carlos nunca llegó a entender del todo cuánta razón tenía ella con sus palabras. En cualquier caso, hoy estaba dispuesto a demostrarle que se equivocaba.

Se acercó con paso firme y al verla de lejos sus piernas empezaron a temblar como si acabara de correr un maratón. Exhausto, siguió caminando y se plantó delante de ella. Los ojos verdes más intensamente creados lo miraban. Su pelo negro cubriéndole parte de la mejilla hacía que calificarla como atractiva la desmereciera. Cuando comenzó a fijarse en sus labios, bajó rápidamente la vista y le dijo:

-Hola Candela, quiero que me dejes hablar y no me interrumpas, por favor. – Su voz empezó a sonar quebradiza y a entrecortarse, así que decidió sacar la carta del bolsillo olvidándose de la improvisación y comenzó a leer:

Adiós

Nunca pensé que el principio de una carta empezara por la palabra final. Imposible imaginar que esa carta fuera dirigida a ti.

Lo siento pero es así. Adiós.

No quiero volver a oírte por teléfono a las 2 de la madrugada cuando hay tormenta para que te tranquilice. No quiero volver a ver como usas mis camisas como ropa de ir por casa. ¡Odio tener tu olor conmigo todo el día, odio tu maravilloso perfume todo el maldito día!

No quiero que lo primero que hagas al levantarte sea darme un beso en la frente. No quiero que me acaricies la cara y me digas: “otro día más para seguir construyendo un paraíso”.

Detesto verte desnuda mientras te duchas, no quiero que me vuelvas a invitar a enjabonarte la espalda, las piernas, los brazos,…

Deja de poner tu cabeza en mi regazo en el sofá. Deja de poner mi mano en tu pelo, tu suave pelo negro, deja de dejarte acariciar. No quiero ver más películas con final feliz para que me abraces eternamente. Mucho menos ver las de final triste para secarte tus lágrimas de miel.

No quiero volver a ver tu cara de satisfacción cada vez que me ganas al trivial. Tu risa burlona cuando no aparco bien a la primera, ni oír tus carcajadas cuando te hago cosquillas en los pies.

No quiero que me hagas el amor con la mirada en sitios públicos. No quiero más orgásmicas miradas ni tentadoras palabras sueltas susurradas.

No a la cara más bonita de ilusión por un desayuno en la cama. Deja ya, te lo pido, de hacerme la mejor tortilla de patatas con el mejor punto de sal.

Olvídate de curarme el ánimo tras un mal día con sólo una sonrisa. Olvídate de abrazarme por la espalda y darme la mejor medicina para el corazón.

Ya no quiero más noches interminables condensadas en el brillo de tus ojos. No más debates en tablas, ganados por los dos. No más castillos en el aire que exhalas, ni más futuros ciertos si son a tu lado.

Te odio por haberme completado y vaciado después.

Te odio por darme sentido en una lengua ininteligible.

Te odio por acompañarme en las sombras y dejarme solo en las luces.

Te odio por darme alas para luego hundirme en un mundo submarino.

Te odio por enseñarme a amar la palabra odiar porque no puedo sino odiar y te estoy amando siempre.

No quiero volver a saber nada más de ti.


Carlos dobló la carta con cuidado y la metió en la caja de cartón. Se inclinó y la dejó en el suelo. Al ponerse de pie dijo:

-Lástima que no exista caja lo suficientemente grande para guardar todos los recuerdos que me has dado. Aunque hoy es el día en que empezaré a fabricarla porque no volveré aquí más. No quiero tener nada más tuyo. Espero que no te vuelva a ver en los ojos de todas sin ser tú ninguna.-

Lentamente se inclinó hacia la foto que presidía la lápida y rompió a llorar como lo había hecho 2 años antes. Inscrito en el mármol se podía leer:

Candela Martínez Ramos

1983-2008

“Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar” (W. Shakespeare)

“Nunca olvidaré a mi constante”
votar

No hay comentarios:

Publicar un comentario