lunes, 19 de julio de 2010

Atormentados

La calma que sucede a la tormenta suele ser real y necesariamente reconfortante, hasta que te das cuenta que las tormentas por sí solas tienen más valor que lo que pensabas a priori. No sólo sirven para disfrutar de lo que sucede después de ellas sino que ellas, por sí mismas, representan un estado vital sumamente necesario y cruelmente habitual que te da vida aunque parezca darte muerte y te alimenta de sentimientos aunque te fuerce a un ayuno de los más dulces para cebarte de los amargos.

Las tormentas son rayos y truenos, es lluvia abundante en poco tiempo, es el volver loco al meteorólogo que llevas dentro y que nunca acierta el tiempo que va a hacer en esa pequeña burbuja en la que vivimos. ¿A quién no le ha explotado esa burbuja con una ráfaga de viento repentina? ¿Quién no ha querido resguardarse de ese inesperado aguacero bajo un oportuno y pasajero techo? ¿Quién no se ha acostado pensando en el sol y se ha levantado rodeado de la más fría nieve?

Sucede que cuando oyes el primer trueno distante piensas que es tan lejano que nunca te alcanzará el rayo que lo precede y continúas creyéndote digno de ir al descubierto como hasta ese momento ibas. Ir al descubierto es la más sana terapia para mantener la mente cuerda y el cuerpo bronceado de vida. Pero al llegar la primera nube que cubre el sol, tu rostro se arruga de incertidumbre y cuando caen las primeras gotas te mojas en el más absoluto de los miedos. Cuando ya es demasiado tarde para ponerte algo que te cubra, cuando estás calado hasta los huesos, sólo aciertas a taparte los ojos, origen de unas lágrimas saladas irreconocibles entre tanta agua dulce, qué ironía.

El clima de la vida es como la vida misma, cambiante. No se puede contar siempre con días de 25 grados y brisa ligera, ni tan siquiera cuando la primavera de una relación da paso a su verano de pasión. En el mar en el que flotamos las olas nos pueden mecer hasta que un maremoto nos ahogue en un tsunami de insospechados sentimientos. No deberían existir los “hombres del tiempo” sino “el tiempo de los hombres” en el que se comprendiera, de una vez por todas, que predecir puede ser útil pero lo es más el estar preparado para afrontar lo que nadie se atreverá jamás a medir, el dolor real.

El frío que anhelas con el calor aparece cuando más frío tienes. El calor que buscas con la manta, te cubre cuando no paras de sudar. Las miradas de tristeza se te lanzan en tu mejor momento y las risas inoportunas aparecen cuando no tienes oídos más que para el llanto. Todos somos amigos de Murphy y lo seguiremos siendo siempre. Él nunca nos abandonaría en una cuneta aunque queramos saltar nosotros voluntariamente por la ventanilla. Somos sus fieles perros y él nos ata en corto.

Pero siempre nos quedará la mochila. La mochila que como buenos “proyectos de síndrome de Diógenes” nos empeñamos en llenar de objetos viejos e inservibles y del más sucio de los lastres. Nos cuesta tanto deshacernos de lo malo como poco nos cuesta olvidarnos de lo bueno. Es una tara simple y común pero que nos obliga a aparecer en escaparates de “outlets” cuando, simplemente, no deberíamos vendernos.

Esa mochila es una carga relativa porque aunque nos pese, si la llenamos de lo necesario, resultará ser la mejor aliada posible. La mía la lleno con un chubasquero, crema solar, una agenda y un bloc de notas. El chubasquero es para no resfriarme si el chaparrón es muy intenso y así, no tener que quedarme en casa cuando vuelva el buen tiempo. La crema es para protegerme de lo intenso del sol porque lo que es bueno se vuelve malo en exceso y esto no es una excepción. La agenda es para llamar a mi gente cuando necesito resguardarme y el chubasquero no es suficiente o para bañarme en compañía con el cielo azul de fondo. Un amig@ es la persona que te escucha con los ojos, te habla con las manos, te ve con tus palabras, respira lo que hueles y sabe a lo que te gusta. El bloc de notas es el testigo de nuestra historia. No me hace falta más para no perderme nada ni me sobra nada para encontrarme con todo.

Aún así, las tormentas hay que vivirlas. Mojarse es tan necesario como el secarse después. Si no te mojas, nunca sabrás lo que es secarte. Si vives siempre seco qué triste no haberte mojado nunca. Permanecer bajo la lluvia y soportar la tristeza de no ver el sol te ayuda a valorar lo que representa vivir en lo despejado. Pero vivir en lo despejado te recuerda lo importante que es cubrirte con capas de agua triste, tiritar de dolor pero, sobre todo, te anima a no olvidarte jamás tu mochila en casa. votar

2 comentarios:

  1. NZ es la mejor opción19 de julio de 2010, 14:23

    ¿Murphy? Me cago en la puta dos veces. Murphy y yo nos conocimos en los lupanares de la nada predecible Cádiz, desde aquella época Murphy me persigue, todo al revés pero ¿sabes? mierda para los tristes y los pesimistas. Yo sólo necesito una cena tranqui y unos bailes de Deluxe para volver al buen camino.
    Tardaste tanto en aparecer en mi mundo que ahora me dá la sensación que has estado siempre, amigo.
    ¡¡¡ÑOÑA 2.0 que tengo la regla jodeeeeeer!!!

    ResponderEliminar
  2. Murphy, ese sí es un crápula de cuidado...

    Amiga, tardamos tanto en aparecernos pero qué poco en reconocernos, ¿no? El estado ñoño es de los mejorcitos.

    Un beso grande enorme!!

    ResponderEliminar