martes, 11 de mayo de 2010

Telépatas de sueños

A veces pienso que pienso demasiado en pensar y menos en actuar y actúo como si pensara que el acto que resulta de mi pensamiento no ha valido la pena si no paro de pensar en lo bueno y en lo malo de él una vez realizado. Los actos nos definen más que la algarabía de ideas que los preceden, porque éstas son mudas, no tienen el altavoz físico del que disfrutan las cosas hechas. Es triste observar como la mayor parte de nuestra vida en potencia se queda dentro de un recipiente de hueso, que posee todos los sentidos para exteriorizarla y sin embargo los desaprovecha en ese afán de retroalimentarse de jugadas maestras nunca arriesgadas y fallos garrafales afortunadamente esquivados.

Somos presos de nuestra propia conciencia. Algunos, los que reinciden, están incomunicados emocionalmente en una burbuja repleta de indiferencia. Otros se han castigado a latigazos en forma de anclajes en el pasado. Hay muchos que se escaparon de tal prisión y lejos de reinsertarse en una vida de libres sensaciones se dedican a construir alambres de espino en conciencias ajenas. Están aquellos para los que la conciencia es la ignorante libertad bajo fianza del “mal de muchos consuelo de tontos” y están los afortunados para los que ser preso de su conciencia supone la más hermosa libertad posible.

Nuestra incubadora de vidas paralelas necesita un mantenimiento adecuado. Las decisiones que tomamos dependen, en muchas ocasiones, de pocos grados “de conciencia” de diferencia y es preciso un termostato ajustado para no activar el relé equivocado y pasarnos de temperatura hasta quemarnos en escenarios de arrepentimiento futuro que el presente mentiroso oculta tras la pomada de la eterna promesa.

Un día te despiertas relamiendo el sueño que acabas de dejar atrás, apartas la sábana y pones tu pie derecho sobre el suelo helado que te despeja de golpe. Avanzas hacia el baño y enciendes la luz comprobando que la bombilla que perecía intermitente la noche anterior ha pasado a mejor vida. Te las apañas con la que sobrevive para vaciar la vejiga y darte una ducha rápida. Mientras te secas el pelo, dejas que el calefactor haga lo propio con tus pies y buscas en el reflejo del espejo al “yo” que quieres ser hoy y que no es otro que “tú”. Enciendes la televisión, añades tus cereales al bol vacío y salivas mientras la leche se derrama entre los copos. Hasta este momento, tu conciencia sigue en la cama jugando al infinito con el sueño que ya has perdido para siempre. Pero, sin darte cuenta, la llamas a gritos al mirar con tristeza las mismas noticias de ayer que pondrán mañana.

Todo lo ocurrido anteriormente pertenece a lo emocionalmente intangible de los universos paralelos. Existe otra vida en la que el sueño te invita a quedarte con él hasta que la alarma suene 5 minutos más tarde y otra en la que te levantas con el dichoso pie izquierdo y otra más en la que la bombilla ha arañado unas horas a su eventual final. También existe otro universo en el que te empeñas más de la cuenta en encontrar otro “yo” que no eres “tú” delante del espejo, lo que te impide desayunar en paz delante de las malditas noticias de guerra. Todo esto es destino, todo es inamovible en tu realidad. En la precisa realidad que vives en ese instante y no en otra casi gemela dónde hayas inspirado quizá una vez más por minuto.

Pero cuando tu “yo” inconsciente se engrana a tu conciencia y esta rige tus actos, comienza un pulso contra el destino para ver quién es más desequilibrante a la hora de dibujar la siguiente viñeta de tu vida. Abandonas los automatismos y comienzas a pensar mil y una alternativas y a sentir más allá de lo que te permiten tus cinco sentidos físicos. Cuando tu conciencia habla, sienta cátedra. Tu imaginación recorre los inabarcables caminos que van desde los más realizables imposibles hasta las realidades más imposibles de alcanzar. Todo, en el lapso de tiempo que transcurre durante la visión televisiva de un cuerpo de niña mutilado que hábilmente se diluye tras tus párpados en un pestañeo oportuno. Al abrir de nuevo los ojos ya has tramitado multitud de solicitudes para un mundo mejor, escritas con puño y letra conscientes y con visto bueno del corazón que te reclaman, como único destinatario, actuar por el cambio real del futuro global.

La elección será una y muchas solicitudes serán desestimadas. Un espacio-tiempo recién creado se abrirá paso tras la sonrisa del que presiente que va a cambiar su mundo para mejor. El mero hecho de ser consciente del error que supondría no serlo indica que la decisión tomada va por el buen camino.

Más tarde, te cepillas los dientes, te vistes de occidental aunque te conformarías con hacerlo de ser humano y mientras agitas las sábanas respiras el bello recuerdo de un cuerpo desnudo que te obligas a olvidar por pertenecer a la senda prohibida que tu conciencia emocional no querrá andar jamás. Asomarte a ventanas sentimentales abiertas de par en par da más respeto que simplemente abrirlas. Pues girar un pomo supone seguir aquel destino intangible mientras que analizar lo que se ve tras el horizonte que se avecina conlleva asumir el reto de conversar profundamente con tu conciencia. Entonces, la más compleja discusión se entabla entre un “tú actual” y un “tú hipotético” que se deja llevar por el deseo en vez de por la fuerza impulsora del amor incondicional, sabiendo de antemano lo fiel que eres tú a tal fuerza impulsora. Jaque mate a la hipótesis.

El día seguirá su curso de la misma manera que siempre lo ha hecho, en un continuo paseo al lado de destinos que abandonas en cuanto aparece la irresistible silueta de tu conciencia perfumada con puntos de inflexión que te harán agarrar otras manos y otro rumbo. Mientras tanto, cementerios de hipótesis quedarán atrás, como abortos de realidades que nunca llegarán a serlo.

Quién fuera telépata para las decisiones tristes y humano raso en las que apeteciblemente se libran de frente. Pero, qué cobardes seríamos al recurrir a la facilidad en la dificultad y esconder nuestros sentidos ante lo desconocido de lo que no apetece hacer. No existe consuelo para un genial creador de escenarios sin talento para pintarlos en lienzo, ni para el que compone para sí sinfonías imperecederas pero no acierta en ligar dos acordes de guitarra con sus dedos. Tampoco hay alivio para el que acariciaría con manos de terciopelo pero carece de la valentía necesaria para cubrir un cuerpo desnudo, ni la hay para el poeta de versos ardientes que perdió el tintero en un desván de su apocado corazón.

Efectivamente, no hay consuelo para ellos, porque no hace falta consolar a aquel que en su conciencia crea el más bonito universo y se esfuerza hasta el límite para ponerlo en paralelo con todo lo que tiene a su alcance. No hay mejor conciencia que la que posee un telépata de sueños, pues el que se comunica con ellos dominará el arte de abrazar los suyos y luchar por los de otr@s. votar

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