miércoles, 24 de febrero de 2010

La revolución de los subconscientes tardíos

El día menos pensado me iré a tomar un café, de esos de 4 horas, y volveré sin más atuendo que mil soluciones para arreglar el mundo en general y mío en particular. Será uno de esos días de calor infernal, uno de los que te calienta no solo la piel si no más las neuronas y te destapa el tarro de las esenciales esencias del ser humano que a menudo guardamos en el congelador inhóspito del subconsciente tardío.

Cruzaré la calle cada vez más llena de sin papeles empapelados de sinrazón, vagabundos de tragicomedia muy real y bolsas de plástico repletas de innecesario vacío. Llegaré a mi cafetería habitualmente llena de gente preocupada de su día a día pero más de su pasado mañana y me sentaré en una de esas maravillosas sillas de diseño que fueron antes nativa madera de un bosque arrasado del Brasil, eso sí, de diseño. Al azar cogeré el periódico manoseado por unos cuantos curiosos, unos menos lectores de titulares y unos mínimos lectores de periódicos.

Empezaré por las noticias locales, porque me pillan más cerca y tardo menos en cogerlas: tratarán de la especulación del constructor Fulano consentida por la bonita acción de cohecho llevada a cabo con su buen amigo Mengano que desgobierna mi cada vez más ciega ciudad de ladrillo rojo y siluetas de hormigón, donde solía haber genuina huerta de vida.

La sección de política me servirá para darle el primer sorbo al café solo y por tanto amargo pues está solo y solo es café. Así enmascararé la verdadera amargura de úlcera estomacal que provoca la compraventa de voluntades, la unificación de los tres poderes originalmente independientes y la cara más dura de cirugía estética, pagada con los votos que cada 4 años tiramos (nunca mejor dicho) a las urnas (quienes los tiramos, claro está).

Mientras espere a mi acompañante, me deslizaré sutilmente por la sección de humor, es decir, la de economía para ver de nuevo los beneficios estratosféricos de los bancos. Porque siguen siendo ganancias pese haber disminuido el incremento de las mismas. ¡Vaya hombre! Resulta que no han ganado más porque parte de sus beneficios la destinan a provisiones frente a morosos. Es que mira que son cabrones los morosos que no pueden pagar la hipoteca o el crédito porque se han quedado sin trabajo porque a la empresa donde trabajaban no le concedían un crédito para hacer frente a las deudas que no podían afrontar debido a los retrasos en los pagos de los proveedores que no podían pagar por el mismo motivo…pobres bancos, pobres y sufridos dirigentes de los mismos, pobres desgraciados, desgraciados pobres…

Cuando llegue mi acompañante dejaré de lado el periódico y juntos leeremos las miradas de la gente de alrededor, por eso me situaré donde a mí me gusta, en un esquina, como siempre. Desde nuestra tribuna de espectadores privilegiados disfrutaremos del teatro en vivo y en directo del café de las seis. Mucha juventud de marca rica, que dejan marca blanca de postín con las inquietudes de las que hacen gala; adultos transgresores en un pasado que parece distante, incrédulos ante la recompensa fútil tras todo lo luchado; ancianos resignados ante el ocaso de un ciclo que se acaba con la misma incertidumbre en el futuro que cuando empezó su pasado.

Hablaremos largo y tendido de sociedad, política y amor. Arreglaremos el mundo añadiendo el azucarillo al café que resta frío en la taza y reiremos a carcajadas con la revolución que se avecina. Porque para bien (y no para mal) llegará el día en que tras el café de las seis y saliendo de nuevo a la calle, nos tropezaremos con más ingenuos preocupados por el bien y ocupados más de la cuenta por el mal de todos. Nadaremos en ese clima de rabia del que surgen las mejores ideas o más bien las ideas con menos cortapisas de conciencia. Una conciencia vidente del bien de la conciencia común, que por ser común no es simple si no más bien complejamente global.

Con simbiosis de colmena humana, dejaremos de recoger miel a las órdenes de la reina con el único objetivo de vivir recogiéndola, como hacemos ahora. Pasaremos entonces a recolectar la miel para lamernos nuestros propios labios y untarla con cuchillo romo sobre los más bonitos sueños. Sueños de libertad real y no fingida ni adquirida. Sueños sin predestinado despertador y de periodo REM perpetuo.

-¿Falta mucho para ese café?- Me preguntaré mañana y pasado mañana, porque hoy todavía no me lo he tomado. He probado, eso sí, la miel encargada por la reina y aunque todos los días me guardo una cucharada para mi yogur me sigue sabiendo más amargo que el café que no me tomo. Todo porque el regusto es triste en el paladar seco de quien se queda pálido y taciturno por tragarse el dulce envenenado de derroche que encubre esa miel recolectada a costa de más lágrimas y sangre que de sudor.

¿Cuándo acabará la ignominia del sometido? ¿Cuándo nos levantaremos del suelo para volar por los aires? ¿Cuándo seremos dueños de nuestra libertad y no libres de elegir nuestra condena? ¿Dónde acabará nuestro principio sin un final de película? ¿Sabremos descifrar la hora adecuada para actuar mirando en nuestro reloj sin pilas? ¿Llamaremos entonces a quienes queremos para decirles que lo hemos conseguido, que nos hemos quitado el yugo que nos oprime el alma y esfuma nuestro anhelo utópico de reírnos tan solo por vivir en vez de llorar por nuestra vida? ¿Lograremos saltarnos la memoria de recuerdos dolorosos o aprenderemos a utilizarla como el arma más destructiva contra los más horribles futuros de destrucción masiva? ¿Será la vida que viene capaz de humanizar al humano o será éste el que consiga finalmente convertir la muerte en nuestra vida y por tanto la muerte en su función?

¿Sabremos escuchar los gritos que nuestros gestos, por acción u omisión, provocan en el subconsciente de esa conciencia global?

Ese subconsciente tardío y oculto que no te habla pero que no para de hacerte sentir y que espera no dormirse jamás a base de cafés en buena compañía… votar

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