martes, 26 de enero de 2010

Un ecosistema nocturno

El humo llenaba de olor gris la oscuridad de la sala. En una esquina el alcohol golpeaba el dedo pulgar del ebrio escritor de mensajes de texto de arrepentimiento matinal. A su lado dos amigas susurraban al oído lo que pagarían por ser tocadas con ese y el resto de los dedos de esas manos.

Tras una columna y apoyada contra ella, una copa de ron con cola sujetaba el corazón del dueño de los ojos más tristes de la noche. Ingenuo, esperaba una imposible llamada de esperanza por parte de alguien no merecedora de esa espera.

Dos cazadores afilaban sus deseos de ser presas de sendas mujeres fatales. Mientras ellas, ignorantes, se dejaban querer por las seguras miradas de un camarero, conocedor de la ventaja de la que parte por estar detrás de una barra: desde allí los ojos son ojazos, los labios, carnosos y la superficialidad la más profunda de las profundidades.

Bajo un amplificador un grupo de miradas perdidas y bocas desencajadas creían estar disfrutando de una noche inolvidable, cuando no iba a ser más que una nebulosa opaca al despertar del día siguiente tras el coma neuronal autoprovocado.

En el centro de la pista y alumbrados de neón dos cuerpos vestidos de sentimiento se enzarzaban en un baile que más parecía un abrazo sellado al vacío. Alrededor un coro de envidia humana les animaba a seguir haciendo lo que todos desearían estar haciendo.

Un solitario bebedor de tequila reclamaba otro más en su cuenta a una voluptuosa morena que mostraba su total indiferencia mientras separaba dos malditos cubitos de hielo siameses. “Qué triste borracho”- pensaría cruelmente ella. Al fin y al cabo a ninguno de los que estaban respirando esa infumable atmósfera les importaba que hubiera visto morir esa misma mañana a su mejor amigo tras un jodido cáncer de pulmón. “Hoy me fumaré y beberé todo lo que me has dejado a mí solo,…solo, me has dejado solo, maldito cabrón”-lloraba, tapando con temblorosas manos, las lágrimas amargas de impotencia y desesperación.

Risas se oían a escasos metros en una escena contrariamente divertida. Treintañeros de una cena de promoción del colegio jugando a pasarse el hielo. Años de reprimidos instintos primarios destapados como el cava en nochevieja. Mar ya no era la del aparato pararrayos y el bigote, que no pelusa. Juan era la mitad de lo que era con 14 años y sus michelines habían dejado paso a un vientre plano de gimnasio. El hielo, la excusa. Ya se derretirían ellos horas más tarde…

“Mira que monadas”- Comentaba un incipiente canoso con aires (brisas) de George Clooney a su encorbatado ejecutivo de Wall Street que hacía las veces de acompañante. “¿Has visto el cartel de geriátrico al entrar?” Se quejaba una lolita a su moderna amiga tras ver semejante panorama. “No es país para viejos” como dirían los hermanos Coen.

Entre tres divas de silicona jugando al ping pong con un empleado a tiempo completo en el gimnasio y dos ermitaños de cigarro perpetuo, barba poblada y cerveza fusionada en la mano, se distinguía una sonrisa de dientes blancos adornada con dos labios de revista. No era ni alta ni baja, con curvas antianoréxicas que desafiaban la gravedad de las miradas. Mil rizos de película en blanco y negro pero ojos en technicolor que atravesaban el humo gris formando un arco iris en mi retina. De gestos lo suficientemente pausados para acelerar los ritmos cardiacos de cualquiera dentro de su campo de fuerza. Afortunadamente caí en él cómo un mosquito en la lámpara ultravioleta, hipnotizado por la vibración de su cadera a izquierda y derecha. “Una mirada tuya bastará para sanarme”- me dije. Y me miró y me curó todo lo curable.

En ese momento olvidé la música y el espacio, mi bebida y mi vergüenza. Deje de buscar, había encontrado a la reina de la selva en este inhóspito ecosistema. votar

domingo, 10 de enero de 2010

Apología de la belleza

Venían corriendo del mal todas las palabras
vertidas de bocas secadas de alegría
por ser tristemente habladas sin otra vía
que la iluminada por sus mentes macabras.

Fue entonces cuando la esperanza susurró
su cálido canto de habitual melodía
para luchar con inexorable energía
contra las cicatrices que el tiempo no curó

La mente no puede pedir jugar a las cartas
cuando el instinto reclama un solitario
el corazón nunca es del azar partidario
y las manos de barajar están ya muy hartas.

Mas siempre habrá espacio para la alteza,
razones, pasiones y sentimientos unidos
en armónica y sin par comunión vividos
para definir a la auténtica belleza.

No es lo malo sino lo bueno sin vivirlo
lo que produce el dolor desde lo amargo
de no ver en lo feo todo bello letargo
en hielo oculto, o no saber derretirlo.

Así pues a vuestras almas heridas les pido
que olviden raudas y prestas tanto hastío
levantando los pesados párpados con brío,
verán la belleza donde yace el sentido. votar

sábado, 9 de enero de 2010

Orden y caos

Ayer el “orden” conoció al “caos”, aunque mejor dicho, se lo encontró de nuevo, pero esta vez aprendió por fin quién era él (o eso creyó). Se citaron al café de media tarde para saldar sus cuentas pendientes y hablar de sus presentes. El futuro hace tiempo que dejó de importarles, al menos como les importaba antes.

El “orden” iba de negro, seguía de luto desde que se perdió en un camino oscuro lleno de aullidos de lobo donde se lo comieron vivo. El “caos” llevaba un vestido de colores donde el “orden” creyó ver dibujadas espirales que tras observarlas hipnotizado lo devolvían al mismo punto de partida, una y otra vez.

El “orden” le reprochó al “caos” su falta de orden. El “caos” le recriminó al orden su incomprensión hacia el alboroto. Mientras, la anarquía salía de la boca del “caos” en idioma ininteligible para el estructurado cerebro de su acompañante. Éste no entendía al otro, ni el otro entendía al uno y pese a todo siguieron hablándose y oyéndose sin explicarse y escucharse.

El “orden” intentó entonces plasmar en un papel lo que el “caos” pausadamente le dictaba, pero pronto los garabatos de tinta escritos por su mano quedaron huérfanos de la razón de su mente y extraños en la transcripción de unos oídos tan limpios de contradicción. Lo dibujado acabó siendo un detallado mapa del tesoro con una “X” marcada en ninguna parte.

Fue entonces cuando se miraron con ojos extraños y el “orden” le sermoneó mil y un eventos del pasado de caos que vivió con el “caos” y se disculpó éste por no haber intención en sus actos de hacer daño con su esencia, de la que quedó prendado el “orden” y que terminó siendo el veneno que lo transformó en quien era realmente: el “orden”.

No le faltaba razón al “caos” por querer vivir en él. Ni le faltaba razón al “orden” por reprocharle al “caos” haberlo arrastrado a su confusión. Lo que les faltaba a los dos eran motivos para hablarse de tú a tú sin traductores oficiales “orden-caos / caos-orden” para dar significado a palabras con tanto eco en tan mutuamente vacías conciencias.

El “caos” cerró su discurso con los vellos de punta provocados por las emociones tan contradictoriamente deseadas. El “orden” se admitió vencido en sus pretensiones de encauzar al “caos” en una vida de coordenadas exactas, opuestas a la irrealidad de los números con los que éste calculaba sus rutas de sentidos alternativamente contrarios.

Así pues, el “orden” suspiró y definió con tristeza al “caos”:

“Caos, tú eres el convertir lo natural en artificial en un continuo real de hacer las cosas más complicadas de lo que parecen y no son y aún así encontrarlas lo suficientemente interesantes para ser momentáneamente feliz y duraderamente desgraciado al mismo tiempo.”

El “caos” se limitó a contestar con una sonrisa que decía en voz alta: “gracias por tergiversarme tan bien, pese a no entenderme te esfuerzas por comprenderme sin poder llegar jamás a hacerlo, al fin y al cabo y sin que sirva de precedente, yo tampoco te entenderé nunca.”

El “orden” vaciló un segundo ante el directo significado de ese gesto, mas acto seguido comprendió, al fin, que en su pasado quiso amar al “caos” sin darse cuenta que éste ya amaba a su orden ideal: el “des-orden”.

Se levantaron sin prisas, se miraron de soslayo y se despidieron sin pausas. votar